domingo, 28 de octubre de 2012

Lentejas con chorizo

El otro día hice lentejas con chorizo. Me costó encontrar las lentejas: primero busqué en el Inn, luego en el Bonus y, por último, a punto de tirar la toalla, las encontré en el FK (léase “efco”). Digo, a punto de tirar la toalla porque esos son los tres supermercados que hay en Kláksvik. Eso sí, lentejas de primera calidad, orgánicas para más detalles: 6 euros el kilo. 

Normalmente me gusta seguir las recetas de mi madre, pero en este caso utilicé una receta de lentejas que encontré aquí y que me suele salir bastante bien, sobre todo si utilizo el chorizo que mi abuela me mete en la maleta cada vez que voy de visita a Madrid, y que da lugar a conversaciones telefónicas como ésta:

- ¿Ya te has comido todo el jamón y el chorizo que te dí?
- No, todavía me queda algo.
- Bah, entonces poco comes.
- Abuela, me diste dos kilos.
- ¿Y aún no se te ha acabado? Poco comes.

El caso es que hice unas lentejas que no me quedaron mal del todo me quedaron deliciosas, pero no fue fácil. Y no me refiero a ese día en concreto, sino a todos los años transcurridos desde que empecé a darme cuenta de que si quería comer decentemente tenía que ponerme las pilas. Todo empezó cuando terminé el instituto e hice las maletas para ir a Londres a pasar el verano trabajando en una conocida cadena de comida rápida. Comí innumerables sandwiches de tuna mayo y wraps procedentes de las cocinas de esta conocida cadena, y cantidades ingentes de nuddles y huevos fritos procedentes de mi imaginación culinaria de entonces. Luego volví a Madrid, compré un cuaderno y fui a mi madre y le dije: avísame cuando vayas a hacer la cena que quiero aprender a cocinar. No sé si aprendí mucho o poco inglés ese verano, pero desde luego aprendí algo que, por evidente, parece que no hace falta ni comentar: la comida no llega sola a la mesa, ni a la nevera, ni se cocina sola. Esto, pese a que pueda parecer evidente, es uno de los pequeños detalles que el sistema patriarcal de enseñanza tiende a pasar por alto. Yo estudié, en el colegio y en el instituto, cosas como lengua, matemáticas, biología, historia, geografía, literatura, inglés. Y luego llegué a Londres y fui capaz de chapurrear algo de inglés y de cocinar nuddles. Gracias EGB, gracias ESO, os debo un plado de fideos chinos al curry.

Con esta anécdota lo que quiero sacar a relucir es el tema del trabajo y los cuidados, qué se considera trabajo, qué trabajos confieren estatus y cómo el trabajo doméstico sigue relegado al ámbito de lo estrictamente privado, cuando la realidad es que todas (las personas) necesitamos alimentarnos. “Bueno, pues que te enseñe tu madre” o “búscate las recetas en internet” podréis decirme. Sí, claro, eso también. Pero el hecho de que no se enseñen en las escuelas nociones básicas de nutrición ni de cocina tiene un significado para mí muy claro: la cocina pertenece al hogar, mientras que las cosas realmente importantes se aprenden en la escuela. En este sentido, es mucho más importante saberse los autores de la generación del 27 que saber cómo cortar una zanahoria o hacer un sofrito, dónde va a parar. Para mí este hecho es patriarcado en estado puro, “lo doméstico es privado” en su máxima expresión. Sin embargo, lo doméstico es, tiene que ser, público y político. En el camino de la igualdad entre mujeres y hombres tiene que salir a la luz la importancia del trabajo doméstico, porque ninguna sociedad puede sostenerse sin él. Hay que empezar a reconocer la importancia que tienen las labores consideradas del hogar, y todas y todos tenemos que aprender a realizarlas. De esta manera también aprendemos a valorar, desde nuestra más tierna infacia, lo que en principio parece que se hace sólo, o que hace mi madre, o que hace la asistenta, o que hacen las cocineras del comedor, o que viene ya preparado por arte de magia en el camión del catering. No digo que todo el mundo tenga que convertirse en chef de alta cocina; por supuesto que también influyen los intereses y la sensibilidad de cada cual: hay a quien le encanta cocinar y simplemente junta lo que hay en la nevera y te hace un plato delicioso, y luego hay quien, como yo, tiene que hacer un esfuerzo y seguir las recetas al pie de la letra para obtener un resultado razonable.

Para terminar, tengo que decir que esto de enseñar cocina en las escuelas no se me ha ocurrido a mí, que más quisiera yo. Se les ocurrió hace años a los gobiernos de los países nórdicos. Como decía en “Asistenta”, incluso en el civilizado norte les queda mucho por andar en el camino de la igualdad, pero algo de ventaja sí que nos llevan. Y es que mis compañeras de piso, una danesa y una islandesa, aprendieron a cocinar en el colegio. Han sido ellas quienes me han enseñado cómo usar adecuadamente un cuchillo cebollero, tanto para cortar más rápido como para evitar cortarme los dedos, entre otras valiosas lecciones.

Por eso fue un gran honor para mí que ellas, que estudiaron cocina en el colegio, repitieran de mis lentejas.

Yeah.

Nota: para quien siga despistadx como estaba yo hasta hace poco, aquí un vídeo tutorial sobre el uso del cuchillo cebollero.

1 comentario:

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