Ruth lo tenía todo: la belleza, la
seguridad, la confianza en sí misma y en el mundo, el carácter, el
valor. Tenía, además, amigas y amigos con quienes salir y pasárselo
bien, a quienes contar historias más o menos verídicas con las que
impresionar y ser admirada. Tenía colegas con quienes fardar de ser
quien era: una de las chicas guays del instituto, en definitiva. Y no
tenía miedo. No tenía miedo a nada ni a nadie, no tenía envidia,
no tenía dudas.
Como decía, Ruth lo tenía todo,
incluso un novio. Era un novio del que presumir ante sus colegas
porque, además de ser 5 o 6 años mayor que ella era un tipo duro.
Pero uno de verdad: llevaba toda la vida metiéndose en líos,
robando y trapicheando, lo que durante un tiempo le hizo dar con sus
huesos en la cárcel. Un chico malo que podría parecer peligroso
visto desde fuera pero que a ella no le daba miedo porque la
confianza que tenía en sí misma era tanta que confiaba tenerle bajo
control utilizando sus encantos femeninos y su carácter de mujer con
arrojos. A su lado se sentía poderosa y notaba la envidia que
despertaba en sus amigas y la admiración en sus amigos. Porque ella
se había llevado el premio gordo y lo iba a hacer suyo. Controlar a
un hombre como éste la convertiría definitivamente, a ojos de todo
el mundo, en la mujer poderosa que siempre había querido ser. Sin
contar, por supuesto, que teniendo novio salía de la lista de
mujeres solas, frustradas y amargadas, esas que no tienen nadie
especial que las ame, medias naranjas solitarias, incompletas y
tristes.
Pasó el tiempo y sus amigas y amigos
la veían cada vez con menos frecuencia. Llegó un día en que
empezaron a hablar de ella en pasado, como la amiga que un día
tuvieron, la colega que se echó un novio y desapareció de sus
vidas. Por lo visto había encontrado con quien estar mejor
acompañada, con quien sentirse plena y no necesitaba a nadie más.
Por eso se extrañó tanto Rebeca
cuando un viernes de febrero Ruth la llamó para quedar. Ella ya
había quedado con Óscar para tomar algo, así que fueron los tres
juntos al bar de siempre. Sin embargo no se extrañaron demasiado
cuando ella, en su habitual tono de chica dura que lo tiene todo bajo
control y está de vuelta de todo empezó a decir lo harta que estaba
de su novio y que podría dejarle cuando quisiera, pero que en
realidad todavía no quería dejarle. Pero podría hacerlo cuando
ella quisiera. Bueno, cuando ella quisiera y cuando ahorrara 750
euros. Esto último sí que extrañó a Rebeca y a Óscar. “No,
bueno, es por el alquiler, porque es él quien lo está pagando, y
yo, como estoy sin curro, pues eso, no me voy a ir así sin más.
Pero vaya, que en cuanto tenga un curro le doy los 750 y me piro”.
Sin embargo, a medida que corría la cerveza la lengua de Ruth se iba
soltando: que estaba fatal, que nunca había estado tan mal, que se
sentía una basura; ella, que nunca había tenido envidia de nadie,
ahora envidiaba a cualquiera con quien se cruzara por la calle. A
cualquiera. Que se sentía hundida. Que no era nadie. No llegó a dar
muchos detalles, pero sí mencionó que una vez, durante una
discusión, él le partió el labio. Pero que bueno, que ella le
había respondido y le había partido una ceja. Pues buena era ella.
Rebeca y Óscar se miraron de reojo. Y todavía pudieron presenciar
una discusión telefónica, en la que ella gritaba e insultaba y de
la que volvió, después de colgar, al borde da las lágrimas. Él le
había dicho que no se le ocurriera volver a casa esa noche porque la
iban a tener, que estaba cabreadísimo y que era mejor que no le
provocara. Rebeca le ofreció su casa. Sin embargo, todavía quedaba
otra discusión más. Una discusión en la que ella le amenazó con
dejarle y, en respuesta, él la amenazó con matarla si se
le ocurría irse. Esa noche la pasó en casa de Rebeca.
No sé cómo termina esta historia. Lo
único que sé es que Ruth, Rebea y Óscar tienen menos de 25 años.
Los nombres son ficticios y he cambiado algunos detalles, pero la
historia es real. Es tan real y tan parecida a otras que parece
sacada de un manual.
Al llegar a este punto sólo me quedan
preguntas:
¿Para cuándo una educación en
igualdad? ¿Para cuándo además de literatura y matemáticas se va a
enseñar educación afectivo-sexual en los colegios? O, para no
utilizar un término tan aséptico, ¿para cuándo educación
emocional, o amorosa? ¿Quizá para cuando sea demasiado tarde para
Ruth y para tantas otras?
Cuando historias como ésta siguen
ocurriendo cada día, ¿es posible seguir afirmando que el feminismo
está desfasado? ¿Estamos las feministas locas cuando, tras conocer
historias como ésta, decimos que lo personal es político?
Y la más importante: ¿es Ruth una
víctima?
---------------------------------------------------------------------
Esperanza ha señalado, en los comentarios, algunas preguntas que se me quedaban en el tintero:
"¿Qué pasa con los medios de comunicación, con las series, los realitys, los anuncios, las revistas para ellos y ellas? Sobre todo cuando los implicados son menores de 25, tienen muchísimo peso en su baremo de valores. O las familias, con lo que es la familia en España, y la de historias que conocemos todos. ¿Y que tal talleres de educación afectivo-sexual, a cargo de asociaciones o de entidades públicas?"
Agradezco todos los comentarios y sugerencias, ¡gracias!
---------------------------------------------------------------------
Esperanza ha señalado, en los comentarios, algunas preguntas que se me quedaban en el tintero:
"¿Qué pasa con los medios de comunicación, con las series, los realitys, los anuncios, las revistas para ellos y ellas? Sobre todo cuando los implicados son menores de 25, tienen muchísimo peso en su baremo de valores. O las familias, con lo que es la familia en España, y la de historias que conocemos todos. ¿Y que tal talleres de educación afectivo-sexual, a cargo de asociaciones o de entidades públicas?"
Agradezco todos los comentarios y sugerencias, ¡gracias!